¿Por qué fabricar un nido? Mejor robárselo al vecino: el secreto de estas aves hawaianas
¿Por qué fabricar un nido? Mejor robárselo al vecino: el secreto de estas aves hawaianas
En lo alto de los bosques volcánicos de la Isla de Hawai, los científicos han descubierto un delito sorprendentemente común: unas aves canoras que roban en los nidos de sus vecinos. Un equipo científico ha documentado este comportamiento por primera vez
Cuando el Mauna Loa entró en erupción en 1885, sepultó los bosques nativos de Hawái bajo ríos de lava basáltica. Allí donde el magma finalmente se detuvo dejó tras de sí islas dispersas de bosque superviviente —unos enclaves verdes llamados kīpukas, como se denomina a esas zonas rodeadas de coladas de lava joven— que se alzan como oasis verdes en un paisaje lunar de roca negra. Casi un siglo y medio después, estos parches de bosque siguen siendo el hogar de algunas de las aves más extraordinarias de la Tierra: los iiwis (Drepanis coccinea), unas aves canoras de colores brillantes con picos curvados moldeados por milenios de alimentación en flores autóctonas.
Han sobrevivido a erupciones volcánicas, enfermedades transmitidas por mosquitos, pérdida de hábitat, especies invasoras y un clima cambiante. Pero es posible que no sean capaces de resistir la reducción de hábitat. Los investigadores han descubierto recientemente que sobreviven gracias a que roban los nidos de sus congéneres. Sabían que existían casos. Ahora han descubierto que se trata de un comportamiento más común de lo que se creía.
Robo a vista de todos
Durante años, los biólogos de campo que trabajaban en los bosques hawaianos veían de vez en cuando algo extraño: un ave que no se posaba en su propio nido, sino en el de un vecino. Tiraban de la estructura y salían disparados con un trozo de material, ya fuera un trozo de seda de araña o una fibra de líquen. Ocurría rápido, en silencio, y ya se había ido antes de que nadie pudiera documentarlo adecuadamente. Hasta ahora los científico anotaban este comportamiento en los márgenes de sus cuadernos, pero nadie los había publicado hasta la fecha.
“Ahora podemos decir quién lo hace, a quién le roban y qué ocurre con los nidos después”, afirma Erin E. Wilson Rankin, entomóloga de la Universidad de California en Riverside y autora principal de una investigación publicada recientemente en en The American Naturalist.
Este comportamiento se denomina “cleptoparasitismo», aunque en este caso no tiene que ver con ocupar un nido, sino con robar el material de él. Recuerda a un atraco o un robo, y en la práctica bien se parece a un acto vandálico. Con una salvedad: en la naturaleza no hay códigos éticos, sino instintos de supervivencia.
GPS en las copas de los árboles
Para documentar adecuadamente el comportamiento, Wilson Rankin y su equipo pasaron seis meses supervisando 216 nidos pertenecientes a tres especies de aves veleras autóctonas de Hawái, entre ellas el mielero escarlata (Drepanis coccinea). Mediante dispositivos de rastreo GPS, pudieron observar estos nidos con un nivel de detalle sin precedentes, registrando quién llegaba, quién se marchaba y —lo más importante— quién se llevaba algo que no era suyo. Al final del estudio, documentaron hasta 39 casos de robo de nidos.
«Es un comportamiento infravalorado que resultaba mucho más común de lo que pensábamos. ¡Fue un hallazgo sorprendente! Esperaba que algunas aves fueran más propensas a robar, y que otras (quízás subordinadas) fueran más propensas a ser víctimas de los ‘matones’. Sin embargo, descubrimos que todos los participantes actuaban de manera oportunista”, explica Erin E. Wilson a National Geographic España a través del correo electrónico.
¿Por qué roban?
Para entender por qué roban las aves, conviene darse cuenta de lo difícil que resulta construir un nido. No se trata simplemente de recoger ramitas. Tienen que localizar los materiales adecuados -a menudo dispersos por la zona-, partir ramitas para conseguir el tamaño adecuado, darles forma para crear una copa estable. Y por si fuera poco, en el caso de algunas especies: forrar el interior con fibras más finas y suaves para mantener el calor durante la incubación. Todo ello es un arduo proceso que exige tiempo, energía y un tipo de conocimiento acumulado.
En ese contexto, el atractivo de robar se hace más evidente. ¿Por qué pasar horas buscando comida por el bosque cuando hay un nido en perfecto estado —o al menos algunos de su materiales— justo ahí?
Víctimas y verdugos
El robo, sin embargo, no es una estrategia sin consecuencias. Si un nido está ocupado y el propietario regresa en medio del robo, el ladrón se arriesga a una confrontación. Y robar de nidos abandonados conlleva sus propios peligros ocultos: el material viejo del nido puede albergar ácaros, piojos de las plumas u otros parásitos que podrían transmitirse a una nueva cría.
En realidad se trata de una cuestión de coste-beneficio. En resumen, este comportamiento puede ser frecuente en un entorno en el que escasea el material de nidificación, y eso podría inclinar la balanza hacia el robo incluso cuando los riesgos de ser robado son reales.
Lo que llamó la atención a los investigadores es comprobar que se trataba de un comportamiento aprendido por todos los miembros de la población. Esto es: esperaban encontrar una jerarquía: con ejemplares ladrones y otros víctimas: Aves más audaces que se aprovechaban de las tímidas, especímenes ‘espabilados’ que dominan sobre las débiles. Nada más lejos de la realidad. Los datos mostraron que se trataba de un comportamiento igualitario: las víctimas se convertían en ladronas, y estas no eran inmunes a más robos.
En cambio, los datos mostraron algo más igualitario y sorprendente: las especies más comunes eran tanto las ladronas más habituales como las víctimas más frecuentes. Según los investigadores, se trata más bien de un equilibrio caótico: un campo de juego nivelado hecho con ramitas robadas.
Un delito menor, pero con mucho en juego
Sin embargo, hubo un dato tan intrigante como revelador: en el 5% de los casos, el robo precedió al abandono del nido. Una cifra que puede parecer insignificante si se tiene en cuenta sin conexto. Sin embargo, en Hawai, donde las aves forestales ya se enfrentan a numerosas amenazas, incluso un pequeño factor de estrés adicional tiene su importancia. Y es que estas aves solo prosperan hoy en las cotas más altas de la isla de Hawai, donde sobreviven bosques nativos y las temperaturas se mantienen lo suficientemente bajas como para mantener a raya a los mosquitos portadores de malaria aviar.
Sin embargo, en las últimas décadas el cambio climático ha empujado a estos insectos a ascender cada vez más en el dosel arbóreo, lo que contribuye a reducir el hábitat verde de las aves. Si a esto le sumamos los depredadores invasores, la pérdida continua de hábitat y las enfermedades, el panorama se torna preocupante.
Robar por necesidad
«¿A partir de qué umbral considerarías que el cleptoparasitismo es lo suficientemente grave como para justificar una intervención conservacionista directa, como el suministro de materiales de nidificación sobre el terreno?», preguntamos a la investigadora.
«Es una idea interesante -responde-. No sabemos hasta qué punto el material de nidificación es escaso en el conjunto del paisaje. Sin embargo, dado que solo se robaron los nidos desatendidos (independientemente de si estaban activos o inactivos), podríamos predecir que el riesgo de tener un comportamiento como este aumenta cuando el acceso al alimento es escaso, y por lo tanto, el tiempo necesario para buscarlo es mayor. Todavía se trata de una hipótesis, advierte la investigadora. Sin embargo, lo que está claro es que estas aves «están minimizando la energía que necesitan gastar y los riesgos asociados a la construcción de nidos». Y eso tiene sentido en términos de selección natural.
Los investigadores también descubrieron un patrón especialmente revelador: las aves tendían a robar de nidos situados a la misma altura en el dosel del bosque donde ya estaban buscando insectos. En otras palabras: no se esforzaban más, simplemente se servían cuando surgía la oportunidad durante sus rondas habituales. Oportunistas, no genios del crimen.
«Cuando las especies ya están sometidas al estrés de diversos factores, cualquier factor de estrés adicional podría contribuir a reducir el éxito de la nidificación», afirma Rankin, quien afirma que incluso en una pequeña fracción de aves, el cleptoparasitismo podría tener un mayor impacto en aquellas especies que ya se enfrentan a la dura batalla de la supervivencia.
¿Qué viene después?
El estudio plantea tantas preguntas como respuestas ofrece. Los investigadores aún no saben cuán escaso es realmente el material de anidación en el paisaje, ni si proporcionar materiales suplementarios en el campo podría reducir los robos. Han deducido que los nidos desatendidos corren el mayor riesgo, y que las aves son más propensas a robar cuando la comida escasea y los viajes en busca de alimento son más largos, dejando los nidos desprotegidos.
Para comprobar estas hipótesis se necesitarán estudios futuros que combinen la observación de los nidos con una medición cuidadosa de la disponibilidad de alimento.
Por ahora, Wilson Rankin y sus colegas esperan que documentar formalmente este comportamiento por primera vez anime a otros investigadores a buscarlo en otros lugares. En lo salto de los kīpukas de la Isla de Hawai, entre aves que ya han sobrevivido a cien años de adversidades imposibles, un pequeño y pasado por alto delito resulta ser más común —y más trascendental— de lo que nadie había pensado.
El bosque siempre ha tenido sus ladrones. Simplemente hasta la fecha no los habíamos observado lo suficiente como para descubrirlo. Pero lo importante no es señalaros, sino descubrir la causa que obligó a tomar una decisión tan drástica para sobrevivir. En última instancia, el ser humano también es culpable.
Fuente: ¿Por qué fabricar un nido? Mejor robárselo al vecino: el secreto de estas aves hawaianas
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