Utilización de pastos y forrajes


Introducción

Según el Noménclator básico de pastos de España (SEEP, 2001), se define pradera como el cultivo polifito constituido fundamentalmente por gramíneas y leguminosas, que puede ser aprovechado en forma de siega o pastoreo o las dos a la vez. En general son plurianuales. Con el paso del tiempo pueden naturalizarse (las especies sembradas son sustituidas por espontáneas), transformándose en prados o pastizales, en función de la humedad. Las praderas también son comunidades de plantas que poseen características especiales, tales como la continua formación de tejidos nuevos en épocas de crecimiento y de envejecimiento, muerte y descomposición, después de cada defoliación (pastoreo o siega).

En muchas áreas del mundo, la hierba es el alimento mayoritario de los animales productores de leche o carne. Desde muy antiguo el pastoreo ha sido la forma de aprovecharla, subsistiendo junto a sistemas intensivos y productivos a expensas de grandes inversiones, sobre todo en energía, como la fósil, cereales, maquinaria, etc., con el propósito de producir más leche por Unidad de Ganado Mayor (UGM). En Cantabria, la producción de forrajes ha sido y debe ser la base para la producción de leche, sin olvidar la suplementación con otros alimentos, principalmente concentrados.

En condiciones de clima templado-húmedo, los tallos vegetativos del raigrás inglés producen hojas nuevas cada 8-11 días en primavera y entre 20 ó 25 en invierno; si las hojas no se siegan o pastan tienen un período de vida variable 24 ó 33 días en primavera y 60 ó 90 en invierno (Maxwell y Teacher, 1987). En este sentido, el clima juega un papel importante para la formación de nuevos tallos y hojas; de hecho, los veranos poco húmedos desaparecen gran cantidad de tallos, siendo el raigrás inglés una de las pratenses más afectadas.

El potencial productivo de una pradera suele expresarse en kilos de materia seca por hectárea, pero desde nuestro punto de vista creemos, que es interesante modificar el concepto por kilos de leche o de carne por hectárea.

Son numerosos los factores que pueden modificar o alterar el ritmo de crecimiento herbáceo de la pradera dentro de una explotación o incluso de un ecosistema (figura 1). Así, los factores ambientales, actúan directamente sobre las acciones o decisiones de su manejo (abonado, época de siembra, pastoreo o siega, riego, etc.), siendo limitantes principalmente de la producción del prado; factores edáficos o relacionados con el suelo: pH, textura, estructura, cantidad de bioelementos y el agua tienen peso suficiente para delimitar un tipo de manejo u otro; fitológicos, que indican las características de cada especie pratense: período de crecimiento, recolección, ahijado, etc., que marcan la decisión de sembrar una o varias especies; zoológicos: especie, sexo, estado fisiológico, etc. y factores técnicos, relacionados con los métodos y técnicas de cultivo, mejoras genéticas, fertilización, recolección, sistemas de pastoreo, siega y conservación de forrajes, etc.

Factores que afectan a la productividad de la pradera

Factores ambientales y nutritivos

El clima tiene un efecto directo sobre la producción y calidad de la pradera; casi el 80% de la hierba está formada por agua. De hecho, pluviometría, luz y temperatura son los más directamente influyen sobre la producción (Pollock, 1990).

La mayor superficie de prados naturales se localizan en la Cornisa Cantábrica, influenciada por el clima atlántico (temperaturas suaves y precipitaciones frecuentes) que favorece el establecimiento, adaptación y producción de especies forrajeras.

A continuación resumimos la doctrina de diversas instituciones:

Lluvia

En condiciones de humedad excesiva el pastoreo se hace a veces impracticable, desapareciendo gran número de plantas por el pisoteo del ganado, máxime, si las cargas ganaderas son elevadas. No obstante, nuestra experiencia demuestra que pastoreos bajo estas condiciones, las pezuñas actúan como escarificadores, cortando las raíces de la cubierta vegetal; al cabo de un tiempo de reposo, la pradera emite nuevos tallos y hojas, formando un césped tupido, sin afectar a la estructura del suelo ni al número de tallos por m2, favoreciendo el rejuvenecimiento del sistema radicular.

Peterschmidt et al., (1979), desarrollaron un experimento para comprobar la relación entre el exceso de agua con la digestibilidad de la materia seca y su contenido en proteína bruta sobre alfalfa, concluyendo que no hubo efectos en tales condiciones sobre el valor nutritivo. Por el contrario, Pate y Snyder, (1979) reflejaron menor contenido en proteína y un aumento de pared celular. De igual forma Ostrowski et al., (1987), observaron incrementos en proteína y fibra bruta, potasio, fósforo y cobre; sin embargo, no apreciaron modificaciones en los rendimientos de leche.

Humedad relativa

El déficit de agua en la planta, debido a una excesiva transpiración, puede afectar a la digestibilidad de la materia seca del forraje, aunque no se aprecia un efecto directo del contenido de humedad relativa sobre la digestibilidad de la materia seca.

Sequedad

La sequedad de la tierra tiene un efecto contrario al nivel de humedad normal, puesto que el crecimiento de la hierba se detiene, limitando la producción animal por una menor ingestión de forraje y su valor nutritivo.

Temperatura

La aparición y desarrollo de nuevos tallos está afectada por la temperatura, actuando sobre el crecimiento y posterior rendimiento. Las plantas no crecen con temperaturas inferiores a 5 o 6 ºC, siendo óptima por debajo de 27 ºC. Por encima de 6 ºC, fertilización adecuada y humedad, las plantas desarrollan su potencial para transformar la energía solar en productos fotosintéticos (Leaver, 1985). Las especies que soportan temperaturas más bajas son las gramíneas.

En verano, el crecimiento de las pratenses es bajo, dando lugar a pérdidas importantes de plantas. En climas templados la temperatura tiene un efecto perjudicial sobre la digestibilidad en las gramíneas y en menor medida, las leguminosas. Las temperaturas altas promueven un crecimiento rápido y mayor desarrollo del tallo, asociándose este efecto a una menor digestibilidad de la matera seca, mientras que la mayor digestibilidad se alcanza a temperaturas más bajas.

Luz solar

La cantidad de luz que recibe una pradera y la eficiencia con que esta energía lumínica es convertida en productos animales, determinan la productividad del proceso (Musiera y Ratera, 1984). La iluminación recibida varía de unos sitios a otros y, entre estaciones. En zonas tropicales y templadas no se aprecia aumento alguno de digestibilidad con niveles bajos de irradiación.

Sombreado

El sombreado de las plantas contribuye a disminuir la concentración de hidratos de carbono y la digestibilidad de la materia seca, aunque aumenta la proporción de sílice por un mayor alargamiento del tallo que incrementa el contenido de pared celular, pero el contenido en proteína bruta aumenta.

Nitrógeno

Las condiciones climáticas de la Cornisa Cantábrica permiten optimizar el empleo de abonos nitrogenados, consiguiéndose mayor cantidad de hierba por unidad de superficie. Su exceso tiene dramáticas consecuencias para el medio ambiente, sobre todo en las aguas subterráneas procedentes de los lixiviados, si bien la vertiente cantábrica presenta bajos problemas de contaminación de aguas subterráneas por nitratos con respecto a otras regiones de España, según Ramos y Ocio (1993).

En tiempo seco no es conveniente aplicar nitrógeno a las praderas: de una parte, puede producir quemaduras en la cubierta vegetal; por otra, de carácter metabólico, las plantas acumulan en épocas de sequía mayor cantidad de nitratos que, posteriormente, son reducidos a nitritos, altamente tóxicos en el rumen. Los nitritos oxidan el hierro ferroso de la hemoglobina transformándolo en metahemoglobina, incapaz de transportar oxígeno a las células. Los animales que consumen pastos con contenidos superiores a 0,7 g/kg de nitrógeno nítrico, pueden manifestar efectos tóxicos, aunque la concentración letal es mucho más elevada.

Vasiliauskiene et al., (1989) obtuvieron concentraciones de 0,07 a 0,2% de nitrato en el nitrógeno total de la hierba cuando la pradera recibía 360 kg N/ha. Estos aportes elevados pueden inducir niveles tóxicos de nitrato.

Fósforo

El fósforo ejerce escasa influencia sobre la digestibilidad de la materia seca, aunque parece que mejora la palatabilidad del forraje y la ingestión de materia seca.

Potasio

El potasio influye poco en la digestibilidad de la materia seca, aunque en alfalfa sí.

Factores edafológicos

La fertilidad del suelo puede definirse como la capacidad que tiene éste de suministrar elementos esenciales para el crecimiento de las plantas sin presentar concentraciones tóxicas de ningún elemento (Ansorena, 1995).

Factores zoológicos

Existen amplias diferencias respecto al comportamiento en pastoreo de las especies animales (ovino, caprino y vacuno). Se ha sugerido la existencia de una menor eficiencia en hierbas cosechadas bajo condiciones de pastoreo que en siega, resultando obvio que en pastoreo se dan otros factores inherentes al crecimiento vegetativo, por la relación planta/animal. En esta situación aparecen pérdidas de material vegetal (energía) que afecta a la producción de leche o carne.

Es evidente que las necesidades nutritivas de cada animal, forma de pastar, capacidad de ingestión, etc., están estrechamente relacionadas con la productividad animal y al mismo tiempo, con la propia pradera. Así, las necesidades nutricionales de las vacas son más altas al principio de lactación que en cualquier otra fase de la misma. Uno de los factores que influyen sobre la estrategia del pastoreo en los distintos animales, es el valor nutritivo de las comunidades vegetales presentes en la pradera, puesto que la tendencia a seleccionar aquellas especies de mayor digestibilidad es grande. En pastoreo rotacional la cantidad de hierba ofertada es manejada a voluntad por el ganadero, diluyéndose el efecto selectivo de ciertas especies.

El ganado vacuno tiende a pastar indiscriminadamente en la superficie del pasto, mientras que el ovino lo hace selectivamente y a mayor profundidad, ingiriendo más hojas y menos tallos y semillas que el vacuno. Por el contrario, el ganado caprino y debido-a su mayor capacidad de digerir celulosa, prefiere una vegetación más leñosa que el ovino y manifiesta una actitud de rechazo hacia el trébol, mientras que el ovino tiende a seleccionarlo intensamente.

Las especies animales tienen comportamientos diferentes para seleccionar su dieta. Así por ejemplo, el Ulex europeus presenta mayor valor nutritivo en cabras que en ovejas, debido a la diferente adaptación de sus proteínas salivares que impiden el efecto de la digestión (anulación de los taninos). Por el contrario, las vacas digieren más materia seca que las ovejas en forrajes de menor digestibilidad, por la mayor retención de las partículas alimenticias en el rumen. No obstante, las vacas como las ovejas son clasificados como animales de pastoreo, con diferencias claras entre ambas.

Respecto al contenido de nutrientes de la ingesta, las diferencias son escasas, pero la composición botánica de la cubierta vegetal al final del pastoreo de primavera-verano, es afectada por la especie animal: las praderas pastadas por ovino presentan mayor porcentaje de material senescente que las pastadas por caprino.

Tanto vacas como ovejas, muestran similares modelos diurnos de pastoreo. En ambas especies su estado fisiológico marca la conducta de la ingestión.

En ganado vacuno de carne (Osoro, 1987), señala que la estimación del valor nutritivo de la ingesta es la’ variable que determina la necesidad de suplementar con concentrados para mantener las ganancias de peso; de esta forma, los suplementos serán utilizados más eficientemente a lo largo del ciclo productivo. El ganado vacuno de carne alcanza el máximo rendimiento con pastos dominados por raigrás inglés y trébol blanco y alturas de 8 a 9 cm; mientras en ovinos los mejores rendimientos se obtienen con 4 a 6 cm, alcanzándose el máximo nivel de crecimiento de la hierba entre 3 y 4 cm.

Factores técnicos

Los factores técnicos mejoran los procesos productivos, abaratan costes y permiten mayor rendimiento por Unidad de Trabajo Hombre (UTH). A nadie se le escapa el gran impulso económico que proporcionó la ordeñadora, el tractor, la maquinaria, la inseminación artificial y, últimamente, el ordenador que aumenta la eficacia productiva.

El manejo de la pradera es decisivo para la rentabilidad de la explotación, siendo la alimentación el capítulo que más gastos origina. Somos conscientes de la limitación que presenta la producción de leche con base en pastos y forrajes es la disponibilidad de terreno.

La fertilización

Entre otras, las siguientes preguntas suelen surgir a la hora de establecer el abonado de una pradera: ¿el dinero que emplee en fertilizantes va a permitirme comprar menos forraje?; ¿cuánto abono?; ¿de qué tipo?; ¿qué época es mejor aportarlo?; ¿cuáles son los beneficios que puedo obtener?.

La hierba segada o pastada, contiene elementos nutritivos que son extraídos del suelo, si no se restituyen se empobrecerá paulatinamente, apareciendo especies no deseadas. Es cierto que parte de los nutrientes consumidos por los animales son devueltos a la tierra con las deyecciones, pero éstas no cubren todas las necesidades alimenticias de las plantas, principalmente en fósforo y calcio, que son deficitarios en gran parte del norte de España. El objetivo de la fertilización es mantener un nivel de nutrientes aceptables para conseguir el ritmo de crecimiento de la hierba adecuado, que posteriormente sea transformada en leche o carne.

La fertilización nitrogenada

El nitrógeno es el elemento más importante de la vida de las plantas, por ser el-constituyente de las proteínas. Desde hace tiempo, el N ha sido considerado clave para incrementar la producción de hierba (Mombiela, 1986), si las gramíneas son mayoritarias las respuestas pueden ser altas. Debemos pensar que cuando se abona una pradera las respuestas en leche o carne no son inmediatas, pero sí, al cabo de un cierto tiempo, sobre todo con abonos nitrogenados de acción rápida en primavera. No obstante, la presencia de leguminosas permite reducir la dosis de nitrógeno por hectárea.

Cuando aumenta el nivel de nitrógeno en el suelo su fijación disminuye; así, González (1994) concluye que hasta 90 kg/ha de N no afecta al trébol y, existe una mayor respuesta al N. González, (1993) comparando las respuestas de materia seca por kg de nitrógeno aplicado, dependiendo del retraso del primer corte hasta treinta días, obtiene valores medios de 11,6 kilos de materia seca por kilo de nitrógeno aplicado (O kg N/ha) y 1O (80 kg N/ha) en el primer corte (abril) y de 15 (O kg N/ha) y 17 (80 kg N/ha) si se retrasa el aprovechamiento 30 días.

Morrison et al., (1985) concluyen que en praderas sembradas con abundante trébol puede llegar a producir lo mismo que una pradera de gramínea con 400 kg/ha. En Galicia, las cantidades recomendadas en praderas de gramíneas para igualar la prod1,1cción de las sembradas con raigrás inglés y trébol blanco, oscilan entre 100 a 350 kg de N/ha (González, 1982).

La producción de hierba en praderas de gramíneas es lineal hasta 300 kg N/ha de N (Morrison et al. 1982), pero si está presente el trébol, afecta negativamente a la simbiosis con el rhizobium (González, 1988). Yung et al., (1990) variando la cantidad de N (O – 240 kg/ha) después de cada aprovechamiento sobre una pradera formada por Festuca pratensis, Lolium perenne, Phleum pratense, Festuca rubra, Poa trivialis, Agrosis alba y Trifolium repens observan un aumento de producción del 5,8% con la dosis más alta (240 kg de N/ha); por el contrario, la proporción de trébol se reduce desde el 31 al 6% y, las producciones mayores corresponden al primer y segundo corte, no modificándose los contenidos de proteína y fibra.

En términos económicos (Ryan, 1988) señala que se obtiene mayor rentabilidad en sistemas de producción de leche basados en mezclas de gramíneas y trébol, que empleando N.

Salcedo (1990) analizando la respuesta del Lolium multiflorum a dosis crecientes de N obtuvo respuestas medias de 28,1 kg de MS/kg de N aplicado, Tabla 1, inferiores a las encontradas por (Roselló e Hidalgo, 1977). Al rebasar la dosis de 238 kg N/ha se produce un declive en la producción, coincidente con las recomendaciones de González (1988), quien sitúa la dosis máxima de N en Galicia de 250 kg N/ha y, semejantes a las señaladas por Reselló e Hidalgo, (1977), quienes establecen aportaciones óptimas de 212 a 241 kg N/ha, obteniendo producciones de 16.680 y 16.740 kg de MS/ha bajo condiciones de regadío en Murcia.

Las respuestas en kilos de materia seca y kilos de leche por kilo de N empleado y al aumento gradual de la carga ganadera en el tiempo figura en la Tabla 2. En la misma, se aprecia el efecto positivo de la fertilización en los primeros años de pastoreo, después, disminuye cuando se incrementan los aportes. A partir de 1996 y hasta el año 2002, la fertilización nitrogenada (abonos sintéticos) disminuyeron drásticamente hasta 170 kg de N/ha y año.

Gorizález (1989) obtiene en Galicia respuestas de 16,3 kg de leche por kg de N en condiciones de pastoreo. Limbourg et al. (1980) desarrollaron un experimento durante 5 años estableciendo cuatro tratamientos, [bajo nivel de N 60 kg/ha (a); alto nivel 180 kg/ha (b); bajo nivel de N + 400 gr de concentrado por litro de leche (c) y alto nivel de N + 400 gr de concentrado (c)] en praderas a pastoreo, resultando unas respuestas en leche corregida al 4% por kg de N de 19,5 en los tratamientos a y b y, sólo de 16,0 en c y d.

Las respuestas del N durante la primavera en praderas de gramíneas son de dos a tres veces mayores que en otra estación, pero en praderas sembradas de raigrás inglés y trébol blanco la diferencia no es tan grande (MAFF, 1983). Cuando la pluviometría es limitante, la fertilización nitrogenada debe moderarse por el efecto abrasivo sobre las especies pratenses; recomendándose su uso cuando el suelo contenga suficiente humedad, que permita disolverse y utilizarse con mayor eficacia.

Si los contenidos de trébol son elevados, no será casi necesario aportar N; puesto que el trébol satisface las necesidades de la gramínea. Morrison et al., (1982) indicaron que pastos con alto contenido en trébol es posible incrementar la eficiencia del pastoreo con aplicaciones de 50 kg N/ha a principios de primavera, adelantándose así la salida de los animales al pasto.

Según Postmus et al., (1990) la primera aportación de nitrógeno debe hacerse cuando se acumulen 200 ºC, consiguiéndose en la zona costera de Cantabria hacia finales de Enero. Sobre estas fechas la pradera debe recibir 35 kg/ha de N en forma de nitrato amónico cálcico del 26%.Nuño et al., (1988 y 1989) aprecian incrementos de energía metabolizable y proteína bruta de la hierba con fertilizaciones nitrogenadas, sin embargo, la materia seca y la fibra neutro detergente disminuye, aunque al principio del pastoreo (primeros de marzo) esta fibra no es limitante para el correcto funcionamiento ruminal. Al aportar N (Robinson et al., 1987 y 1989), observan aumentos de magnesio, al igual que Salcedo y Sarmiento (1994). La disponibilidad de-magnesio depende en gran medida de su presencia en la solución del suelo y de la capacidad de cambio de los cationes K, Ca, Na, Al y Mn. En regiones húmedas la pérdida de magnesio está a menudo asociada a fuertes aplicaciones de N.

Para incrementar la concentración de magnesio en las plantas se requieren grandes aportaciones de fertilizante, a veces inviable desde el punto de vista económico a excepción de las tierras arenosas. Mayland y Wilkinson (1989) sugieren un programa de-fertilización correcto a base de N-K y Mg para evitar riesgos de tetania en las praderas o hipomagnesemia en las vacas.

Fertilización fosfórica

El núcleo de las células está compuesto de sustancias ricas en nitrógeno y fósforo (Gros, 1971). El ácido fosfórico se encuentra combinado con otras sustancias formando fosfatos minerales, o en la mayoría de los casos con sustancias más complejas dando lugar a combinaciones orgánicas (lecitinas, fitinas, núcleo-proteínas, etc.). La deficiencia en fósforo es un estado predominante de los rumiantes alimentados en pastizales.

El ácido fosfórico juega un papel importante en el crecimiento y salud del ganado. Valores por debajo de 5,5 mg/100 mi de fósforo inorgánico del suero sanguíneo en ganado vacuno producen raquitismo y osteomalacia (Rosenberger, 1976). No es posible mantener praderas de alta producción sin un nivel adecuado de fósforo, por otra parte, resulta particularmente importante para el desarrollo y crecimiento del trébol.

Cuando se pretende obtener producciones de praderas a base de gramíneas con la aplicación de fosfatos es indispensable disponer de un nivel adecuado de N en suelo. Los experimentos de Mombiela (1986) confirman que en la mayoría de los suelos del norte de España, los rendimientos del pasto en el primer año de producción aumentan hasta el nivel máximo de P utilizado 160 kg P/ha); no obstante, al cabo de pocos años la producción se reduce.

La Tabla 3 resume la experiencia de Mombiela (1986) sobre los contenidos en P, la relación Ca/P y producción de proteína bruta del pasto en praderas sembradas con raigrás inglés y trébol blanco.

Los resultados de la Tabla 3 sugieren que el mayor aporte de fósforo, la concentración de fósforo y la producción de proteína bruta por hectárea de la hierba aumentan; sin embargo, la relación Ca/P disminuye a partir de 40 kg/ha.

Por su parte, Remón (1967) señala el interés de aportaciones de 80-120 kg/ha (450 a 670 kg de Escorias Thomas del 18%) en praderas de Cantabria, apreciando respuestas de 1.749 kg de MS/ ha con la adición de solo 60 kg de P205/hectárea, aumentando significativamente la proporción de leguminosas. McLean et al., (1990) observó incrementos en la proporción de leguminosas y aumentos de fósforo y calcio en el forraje.

Menéndez de Luarca et al., (1974) aplicaron a un suelo podsódico en la zona costera de Santander cinco niveles de fósforo durante tres años (Tabla 4), concluyendo que las respuestas del primer año son mayores a dosis superiores a 40 kg/ha de P205. En los años sucesivos, aunque se producen incrementos en la producción de materia seca con aportaciones de hasta 160 kg/ha la dosis más económica resulta la de 80 kg/ha, coincidente con la de Remón (1967). Respecto a la composición botánica se produce un aumento de leguminosas, dando lugar a un forraje de mayor digestibilidad.

Los trabajos desarrollados por Rodríguez et al., (1991) en praderas del País Vasco a base de raigrás inglés y trébol blanco recibiendo 120 kg de P/ha dieron producciones de 10.213 kg de MS/ha, pero con dosis de· 200 a 300 se incrementa la proporción de trébol blanco sin disminuir la del raigrás inglés.

Fertilización potásica

El potasio es uno de los minerales mayoritarios en la planta (Gross, 1971). Además, interviene en la formación de prótidos, lo que justifica la necesidad de un abonado potásico satisfactorio para incrementar la eficacia de la fertilización nitrogenada. Las gramíneas pratenses contienen porcentajes mayores de potasio que las leguminosas.

La concentración en potasio del pasto aumenta según su aportación, modificándose la relación K/(Ca+Mg) utilizada como diagnóstico de hipomagnesemia en el ganado; no obstante, en los ensayos de Mombiela (1986) rara vez se supera el valor de 1,6 considerado crítico por Kemp y t’Hart, (1957), aunque Salcedo y Sarmiento (1994) obtienen valores en praderas aprovechadas bajo pastoreo de 2,94, sin apreciarse síntomas clínicos de hipomagnesemia en el ganado.

La respuesta del pasto natural a la aplicación de potasio es generalmente menor a la del fósforo (Rodríguez y Domingo, 1987). No obstante, (Fenández Quintanilla, 1962; Remón, 1974) en Santander encontraron diferencias de producción entre praderas fertilizadas con fósforo y potasa y las que recibieron exclusivamente un abonado fosfórico.

Al aportar potasio al suelo la proteína bruta del forraje aumenta (Mombiela, 1986), debido al incremento en la proporción de leguminosas presentes en el pasto. En pastoreo, las deyecciones sólidas y líquidas son incorporadas directamente sobre la pradera, contribuyendo a mantener un nivel aceptable de potasio en el suelo. Con este sistema, aportaciones de 40 a 60 kg óxido de potasa (100 kg de sulfato potásico) por hectárea ·son suficientes para cubrir las necesidades. Se estima para un sistema de pastoreo continuo que el 90% del potasio ingerido por los animales retorna de nuevo al suelo.

Para las producciones ·medias de materia seca por hectárea de 11.311 Kg. obtenidas en el I.E.S. “La Granja”, las extracciones de calcio, fósforo, magnesio y potasio son 36,6±5,2; 78±10,8; 24,4±3,2 y 263,3±43,3 Kg/ha respectivamente (figura 2).

Las recomendaciones señaladas por González (1988) para praderas en Galicia son de 100 kg/ha de K20 como abonado de mantenimiento, duplicando la dosis en las destinadas a ensilado. Rodríguez y Domingo (1987) y González (1988) aprecian una baja respuesta de potasio sobre la producción de materia seca por hectárea en el primer año, sin embargo, cuando no se aporta potasio el porcentaje de trébol presente en la pradera resulta bajo o nulo.

Actualmente se recomienda repartir la dosis final de potasio varias veces a lo largo de la primavera, sobre todo las praderas destinadas a ensilado. En nuestro caso, el abonado de fondo (P-K) se realiza una sola vez, siempre a finales de enero, la justificación tiene su origen en la textura del suelo, rico en arcilla, que cede potasio a la disolución del suelo.

Manejo

El pastoreo constituye un ahorro importante de mano de obra, maquinaria, etc., además debe considerarse los beneficios que aporta al reciclado de nutrientes y de calidad de vida para los animales (Musiera y Ratera, 1983).

Entre otros, tres son los elementos a considerar en el sistema de producción de leche basado en el aprovechamiento de forraje: la vaca, la pradera y el manejo. Este polinomio debe estar estrechamente interrelacionado para conseguir la mayor producción de hierba y leche por unidad de superficie.

Si bien no es un sistema que se alcancen grandes producciones individuales por vaca, tiene la peculiaridad de producir leche barata. Uno de los objetivos perseguidos es obtener coeficientes de eficacia altos (kg de leche/kg de materia seca ingerida). Son muchos los sistemas de pastoreo existentes, tantos como explotaciones. Holmes (1989) resume los objetivos de los sistemas de pastoreo: 

  1. Proporcionar y producir hierba durante la estación de crecimiento a bajo coste; 
  2. Evitar la utilización ineficiente por el animal y 
  3. Mantener la capacidad productiva del pasto. Para Zea y Díaz (1990) todo sistema de pastoreo debe proporcionar al animal la mayor eficiencia en la utilización del pasto, suministro de nutrientes necesarios a lo largo de la estación de pastoreo y mantener la capacidad productiva de la pradera.

El manejo del pastoreo afecta a la cantidad de alimento producido, cantidad consumida por el animal y a la eficiencia de conversión en productos animales (McMeekan, 1973; Hodgson, 1983). Cada ganadero elige el sistema de pastoreo que más beneficios le reporte, dependiendo de factores, como disponibilidad de terreno, sistema de alimentación, maquinaria, accesibilidad a las praderas, distribución de las mismas, suministro de agua a los animales, etc. Esto implica conocer el crecimiento de la hierba, suplementar concentrados, evaluar la superficie reservada para ensilar, uso correcto del abonado, etc.

Los parámetros utilizados para determinar el sistema más adecuado de pastoreo, son las ganan­cias de peso vivo por animal o la producción de leche por hectárea.

Los sistemas de pastoreo más extendidos son:

Pastoreo libre

El pastoreo se practica todo el rebaño y en toda el área de la pradera. La filosofía de éste sistema es que la producción de hierba diaria sea consumida por los animales, permitiendo además en épocas de máximo crecimiento de la hierba, que cierta superficie de la explotación pueda conservarse.

El efecto selectivo de la dieta en este tipo de pastoreo es alto, así como el sobrepastoreo de áreas húmedas en verano, la abundancia de leguminosas, efecto sombra, etc., lo que favorece el espigado de otras plantas, reduciéndose la ingestión diaria y, en definitiva, el potencial productivo de la pradera y del rebaño.

Pastoreo rotacional

La característica de este sistema de pastoreo es la creación de subparcelas. De esta forma, el ganado se mueve en una secuencia regular de una parcela a otra. Este sistema puede ser rígido y flexible. Rígido, porque el ganado está el mismo tiempo en cada parcela y se cambia de acuerdo a un calendario preestablecido, independientemente del grado de defoliación del pasto; es un sistema simple con el que se obtienen producciones altas con mínimo esfuerzo y flexible, porque el número de días que está el ganado en cada parcela varía dependiendo de la cantidad de hierba presente.

Nuestro trabajo está basado en el aprovechamiento rotacional, donde el manejo y .el plan de alimentación viene representado en la Figura 3. Los partos son agrupados a la .salida del invierno, haciendo coincidir la máxima producción de hierba con la de la leche (Figura 4). La fecha media de parto es hacia mediados de febrero, a partir de la cual, las vacas son alimentadas con ensilado de hierba y 4,5 kg de concentrado. A principios del mes de marzo, las vacas salen al pasto y el concentrado se rebaja en un 50%. En estas fechas, el 34% de la superficie forrajera de la explotación se cierra para ensilado, teniendo lugar éste a mediados de abril; un segundo silo se realiza a mediados de mayo y un pequeño porcentaje se reserva para heno de hierba. La superficie para el segundo ensilado incrementa hasta un 49%, atribuido a los mayor crecimiento de la hierba en estas fechas (Figura 3). A continuación, todas las parcelas entran en la rotación de pastoreo. El régimen de fertilización consiste en la incorporación de 51-77-100 kg de N-P205-K20/ha a mediados de enero y, 30 kg de N/ha cuando se han acumulado 200 horas de calor. Seguidamente, las parcelas en pastoreo reciben aportaciones de nitrógeno en función de las condiciones de humedad, para un total de 170 kg de N/ha. Las praderas reservadas para el segundo ensilado reciben 40 kg N/ha. Las producciones de materia seca por hectárea para las parcelas cerradas a silo son 3.500 y 4.500 kg para los ensilados de abril y mayo respectivamente.

La primera limitación en los sistemas de producción de leche basados en pastoreo es la disponibilidad de materia seca por hectárea y de la estructura de la cubierta vegetal que determina la facilidad de recolección (prehensibilidad). Los crecimientos de materia seca por hectárea y producción de leche vaca y día en la zona costera de Cantabria en praderas sembradas de raigrás inglés y trébol blanco están reflejados en la Figura 4, con máximos en mayo (94,2 kg MS/ha y día) y mínimos en enero (1,2 kg MS/ha y día). Para la leche, los máximos se registran en mayo (31,3 kg leche/vaca y día) y mínimos de 8,9 kg en noviembre. En cualquier caso, el crecimiento de la hierba presenta tendencia cúbica, con mínimos en invierno y finales de verano, máximos en primavera y un pequeño pero continuo crecimiento en otoño. De este modo el polinomio de tercer orden resultante en nuestras condiciones es de tipo: kg MS/ha y día = – 36,55 + 38,91 x – 5,21 x2 + 0,19 x3; ±11,8; r2 = 0,66; donde x es el mes del año.

Pastoreo racionado

Corresponde a un pastoreo rotacional intensivo, donde el aprovechamiento se realiza en bandas, mediante el desplazamiento de un hilo eléctrico una o dos veces al día, De esta forma, la mayor parte de la hierba disponible es consumida por el ganado, evitándose así la selección de las especies rechazadas por los animales. Para racionar el pasto se coloca un hilo eléctrico delantero y otro trasero, éste último impide el sobrepastoreo, consiguiéndose así un mayor tiempo de descanso del área pastada.

Carga ganadera

El concepto de carga ganadera se define como el número de animales de una clase que pastan una determinada superficie durante un período de tiempo concreto (Woolfolk et al.; 1975; Hodgson, 1979). Voisin (1974) la define como el número de Unidades de Ganado Mayor (U.G.M.) o kilos de carne que soporta por término medio una hectárea del total de los pastos considerados. Hodgson (1975) había señalado las limitaciones que presenta el concepto de carga, ya que no tiene en cuenta las necesidades nutritivas de los animales así como las variaciones de éstas a lo largo del período de pastoreo, ni el tipo de animal implicado.

Por otro lado, la carga ganadera implica que cuando se introduce la noción de unidad de superficie se ignore el potencial productivo de la pradera. Los resultados serían más fácilmente extrapolables si las producciones obtenidas con determinadas cargas estuviesen referidas a las condiciones de disponibilidad o producción de pasto, expresado en términos de Materia Seca Digestible/kg de peso vivo (Osoro, 1990).

La presión del pastoreo es otro concepto definido por Voisin (1974) como carga instantánea o peso vivo soportado por unidad de superficie en un pastoreo concreto. Esta definición es más asimilable porque partiendo de una determinada oferta de hierba, puede establecerse el número de animales que pueden pastar una cierta superficie salvaguardando la suplementación recibida fuera de la pradera; de esta forma se mantiene el ciclo de fertilidad indispensable para conservar las praderas de alta producción. Además, es importante mantener cargas idóneas para conseguir el equilibrio de las especies integrantes de la pradera. Así, cargas instantáneas altas o alta presión de pastoreo, favorece la producción de raigrás inglés y trébol blanco; por el contrario, con cargas bajas se desarrollan especies menos productivas y apetecibles que dan lugar a mayor proporción de rechazos.

Por lo tanto, la carga ganadera relaciona la producción animal con la producción por unidad de superficie a través de la siguiente ecuación:

Producción/Superficie =
Carga ganadera x Producción/Animal

Dentro del sistema pasto-suelo-dima la carga ganadera y el tipo de pastoreo son factores que influyen tanto sobre la producción como sobre el beneficio económico (Booysen, 1975). Otros autores como (Owen y Ridgman, 1968; Conniffe et al., 1970) han propuesto relaciones no lineales entre producción animal y carga.

Se han desarrollado varios modelos teóricos que relacionan la carga ganadera con la Producción por Animal (P/A) y Producción por Superficie (P/S). Los primeros modelos señalados por Mott, (1960) muestran una relación entre carga y P/A de tipo curvilíneo, ligeramente decreciente con cargas bajas y con un ritmo muy acusado de descenso al sobrepasar la carga óptima. En consecuencia, P/S crece rápidamente al principio, se hace máxima a un nivel alto, superior a la carga óptima, para descender después a un ritmo muy rápido. Posteriormente, varios autores coinciden que la ganancia por animal es independiente de la carga a niveles anteriores al crítico. El modelo señalado en la Figura 5 por Jones (1981) puede resultar mucho más generalizable al distinguir diferentes relaciones entre carga y producción animal, dependiendo de los niveles de carga considerados. Así ,se distingue una primera zona (A) correspondiente a cargas bajas, donde un aumento de la misma es acompañado de un incremento en la Producción por animal (P/A) y, por consiguiente, en la producción por hectárea (P/S). En una segunda zona (B) P/A es constante al aumentar la carga, mientras que P/S está aumentando linealmente. Esto ocurre en un intervalo de cargas en que la cantidad de pasto no es limitante. En la zona (C) el incremento de la carga resulta un descenso en P/A. La P/S se incrementa, llega a un máximo y luego desciende. En esta zona el descenso de P/A está asociado con una bajada de alimento disponible por animal como consecuencia del aumento de la carga.

En nuestra experiencia, al incrementar la carga instantánea el número de pastoreos aumenta, como consecuencia del mayor número de defoliaciones; disminuyendo a su vez los días de pastoreo por hectárea (Figura 6). A partir del año 1995 debido a que se duplicó el número de vacas en pastoreo, los días de pastoreo disminuyeron a la mitad (Tabla 5), sin variar el número de aprovechamientos, con un valor medio de 7,3. En praderas sembradas a base de festuca, dactilo y trébol blanco y aprovechadas bajo condiciones de pastoreo en Asturias, García (1972) logró siete rotaciones en el segundo año (con aportaciones de 60 kg de N/ha después de cada aprovechamiento), excepto en el último que se realizó en el mes de noviembre y solo recibió 30. Nuño et al., (1990) obtienen 7,5 pastoreos en praderas naturales y 8,8 en praderas sembradas a base de raigrás inglés y trébol blanco en régimen de pastoreo; cuando se reserva dos cortes para ensilado, el número de pastoreos desciende hasta 5,2.

A simple vista, puede parecer que las vacas disponen de menos cantidad de hierba para cubrir sus necesidades nutritivas, provocando un descenso en la producción de leche, pero no ocurrió así, porque al incrementar la carga instantánea, la permanencia del ganado en el prado se reduce, favoreciendo la ingestión de nutrientes de mayor valor nutritivo.

Woolfolk et al., (1975) señalan que el pastoreo de raigrás inglés muy joven en primavera fomenta el aumento del trébol, en detrimento de aquél porque el pastoreo intensivo del raigrás crea los espacios para la extensión del trébol. Por el contrario, cuando el pastoreo se realiza con el raigrás demasiado maduro se deprime el trébol por el sombreado. En nuestra experiencia con alturas medias de pastoreo cercanos a 22 cm, no apreciamos efectos en uno ni otro sentido.

Altura de la hierba

La relación entre la producción de hierba y la altura depende de muchos factores, entre los cuales se encuentran la densidad de la pradera (Wright, 1985), la época del año, el estado de crecimiento de la planta y la composición botánica (Wilman y Shrestha, 1985).

La altura es una herramienta útil que permite determinar la entrada y salida de los animales a la pradera. En vacas de leche la altura de la hierba no debe superar 20 cm. Con alturas superiores, los rechazos se incrementan, favoreciendo un rebrote de inferior calidad, mayores pérdidas de material vegetal y elevada proporción de forraje senescente, disminución del número de días y días de pastoreo; disminución en la producción de materia seca y leche por hectárea. Por el contrario, alturas inferiores a 6 cm pueden afectar al siguiente aprovechamiento. Por su parte Maestre (1992) en praderas naturales del País Vasco, registró alturas medias de hierba en oferta en los primeros pastoreos de 33 cm, superior a la indicada como óptima y atribuible a una baja carga respecto a nuestra experiencia.

Como es de suponer, no todos los ganaderos disponen de una regla graduada para medir la altura de hierba, en su lugar se recurre a una práctica de fácil aplicación “técnica de la bota”, consistente en retirar los animales del pasto cuando la horizontal de la punta de la bota coincida con la hierba, que suele ser a los 6 cm.

Al pastar con alturas bajas, el número de días de pastoreo por hectárea disminuye y la movilización de reservas corporales en los animales es mayor, con el consiguiente riesgo de disminuir la producción de leche; además, si la vaca se encuentra en la fase creciente de la lactación, puede originar cetosis.

En pastoreo rotacional, la producción de materia seca por hectárea en oferta se relaciona positivamente con la altura de la hierba, según la ecuación kg MS por hectárea en oferta = –52,05 + (59,66 x altura en cm) ±368 (r2 = 0,68) (Figura 7) y, kg de MS por hectárea netas = –38,13 + (54,96 x altura) ±329; (r2 = 0,69). Evidentemente, estas ecuaciones fueron obtenidas en condiciones de manejo riguroso, especies pratenses sembradas, adecuada fertilización, aprovechamiento de la hierba con el máximo contenido de nutrientes, etc. Posiblemente en zonas más al interior de Cantabria, las pendientes de las ecuaciones resulten diferentes.

Producción de hierba

No cabe duda, que las condiciones climatológicas de la Cornisa Cantábrica permiten mantener una producción forrajera constante a lo largo del año, salvo las paradas vegetativas de verano e invierno. Las pratenses tienen varios aprovechamientos a lo largo del año, pero no todos son iguales en cantidad y calidad.

La producción forrajera invernal es escasa, o nula en muchas zonas del Norte Peninsular, excepto el raigrás italiano y los cereales de invierno (avena, triticale y sus asociaciones con leguminosas como el guisante o veza). De este modo, la producción anual de forraje se distribuye entre el 47 al 68% en primavera; 5 al 24% en verano y el 11 al 22% en otoño.

Yepes y Piñeiro, (1972), estudiaron el comportamiento estacional de algunas especies pratenses en Galicia, concluyendo que las gramíneas tienen una producción elevada en primavera y escasa o nula en verano e invierno. Por el contrario, las leguminosas concentran su producción en primavera y verano, sin modificaciones entre estaciones, aunque depende del sistema de manejo, favoreciendo el manejo del pastoreo la distribución en primavera.

Pérez y Piñeiro (1991), comparando dos sistemas de producción (pastoreo vs. siega) en diferentes especies pratenses concluyen que la producción de hierba al segundo año de establecimiento son similares, pero en el tercer año bajo condiciones de pastoreo fue superior en un 15%, y en un 21% en el cuarto.

Por su parte Holmes, (1968) cita producciones forrajeras de tres tipos de praderas: los rendimientos anuales en las no fertilizadas oscilan de 2.000 a 3.000 kg de MS/ha; en las bien explotadas, con una proporción correcta de trébol blanco y recibiendo fertilización nitrogenada de 100 kg/ha, los rendimientos varían de 5.000 a 7.000 kg de MS/ha y con aportes de N de 300 a 500 kg/ha las producciones incrementan desde 10.000 a 15.000 kg/ha de MS.

Las producciones medias en el I.E.S. “La Granja” a lo largo de trece años de pastoreo rotacional figuran en la Tabla 6. Las diferencias entre años son atribuidas a las condiciones climatológicas. No obstante, la producción media anual de hierba en oferta para condiciones de pastoreo rotacional con vacas de leche es de 11.349 kg de MS/ha en oferta o bien de 10.146 kg de MS/ha como pasto neto. De esta producción, el 59,4% fue consumido a diente por el ganado y el 40,7% conservado en forma de ensilado.

Producción de nutrientes

Las plantas extraen de la solución del suelo los minerales necesarios para formar tejidos y sustancias de reserva. Los nutrientes formados son utilizados por los animales para ser transformados en carne y leche. Bajo este criterio, es importante saber qué cantidad de leche puede esperarse de una pradera a partir de los nutrientes obtenidos por unidad de superficie.

Anteriormente se indicó que la pradera no está en un continuo crecimiento a lo largo del año. Otro tanto sucede con la cantidad de nutrientes que ésta puede extraer en forma de proteínas, carbohidratos, grasas, minerales y vitaminas.

Energía Metabolizable

La Tabla 7 refleja la producción energética utilizada (oferta – rechazos) expresada en Mj/ha de energía metabolizable, no contabilizándose las pérdidas originadas por la propia fermentación y efluentes del ensilado.

La energía metabolizable neta extraída y por hectárea es de 106 GJ y año, semejantes a las obtenidas por Nuño et al., (1990) y Álvarez et al., (1993) reservando cierta cantidad de forraje para ensilado y, superiores a las señaladas por Maestre (1992) en praderas manejadas en pastoreo rotacional, con reserva de silo en el País Vasco. En Irlanda e Inglaterra, Estévez (1989) señala que tras la aplicación de las cuotas lecheras se originó una reducción en el empleo de concentrados en explotaciones integradas dentro del Programa do Milkminder en el período 1980 a 1987, apreciándose una mejor utilización del pasto, constatado por el incremento en la mejora de energía metabolizable utilizable (Tabla 8).

Por su parte, Álvarez et al. (1993) indican que las alternativas forrajeras del norte de España, mucho más intensivas y a base de raigras italiano y maíz forrajero, obtienen rendimientos de 215 GJ/ha. González (1993) haciendo una revisión sobre el tema cita a de la Hera (1984) quien partiendo de la fórmula EM = 24975 + 4,96 x L (EM = Energía Metabolizable en Megajulios y L = kg de leche), aplicada a vacas de 550-600 kg de peso vivo, con datos medios de 230 explotaciones de Cantabria y, de un grupo más destacado que consumieron, respectivamente, 1.563 y 1.586 kg de concentrado con un contenido energético de 13 Mj/kg de EM, con una producción media de leche por vaca de 4.272 y 5.008 litros, en el año 1983, obtuvo extracciones por hectárea de pasto al año de 57,6 GJ como media del total y 85,6 GJ para el grupo destacado. Asimismo, comparando los datos de 40 explotaciones durante los años 1982 y 1983 calculó extracciones de 58,7 GJ y 66,5 GJ/ha/año respectivamente, concluyendo que el aumento de la carga de 2,31 a 5 vacas y la mejora del abonado y el manejo permitirían en Cantabria alcanzar los valores obtenidos en Irlanda del Norte, con 144 GJ/ha. Diez (1984) suministra datos sobre la energía metabolizable extraída del pasto con diferentes sistemas de producción de leche en base a pastos, Tabla 9.

A la vista de los datos señalados en la Tabla 9, se deduce que las vacas paridas en primavera son más eficientes para producir leche; por el contrario, las vacas paridas en otoño la producción de leche es superior a expensas del mayor aporte de concentrados (76,1%), mientras la producción de leche sólo aumenta un 29,1%. Entre otras, puede atribuirse a la mejor calidad del pasto en otoño, pero éste no cubre todas las necesidades nutritivas, necesitándose además otros alimentos como ensilados, henos y concentrados para mantener la producción de leche. No cabe duda que los forrajes conservados son, en la mayoría de los casos, de inferior calidad que en estado verde, por lo que una parte importante de la producción lechera procede de concentrados.

La producción de energía metabolizable de las praderas es aceptable, teniendo en cuenta que en Gran Bretaña se considera satisfactoria cuando excede de 90 GJ/ha año; por el contrario, si es inferior a 40 GJ/ha deberían determinarse las causas responsables: baja productividad del pasto, pobre utilización del pastoreo, defectuosa conservación, excesivo empleo de concentrados, mal manejo en general o una combinación de todas ellas (Holmes, 1989).

Para producir energía es necesario añadir otras fuentes energéticas como fertilizantes, mano de obra, carburantes, etc. A continuación se indican los cálculos en términos de energía metabolizable que justifican la fertilización nitrogenada, comparando una pradera tipo Cantabria (6.500 kg de MS/ha; 9,42 Mj/kg MS y con un aporte de 50 kg de N/ha), con otra sembrada a base de raigrás inglés y trébol blanco, considerada tipo “Heras”, cuyas características son 11.349 kg MS/ ha; 10,55 Mj/kg MS y fertilizada con 202 kg N/ha. La diferencia de producción de materia seca por hectárea es 4.849 kg; energía metabolizable 52.502 Mj/ha y fertilizante nitrogenado de 152 kg N/ha (202-50 kg N/ha). Si se asume tal y como indica Fernández González (1982) que un kilogramo de nitrato amónico cálcico contiene 69,87 Mj/kg, para producir 4.849 kg de MS/ha ha sido necesario aportar 10.620 Mj/ha. Cada kilogramo de MS seca producido por encima de 6.500 kg de MS representa un aporte de energía extra equivalente a 2,19 Mj/kg MS. Lo que en términos de eficiencia energética equivale el 481,7%.

Álvarez et al. (1993), comparando el coste energético en ensilados de hierba y maíz (€/Mj), concluyen que la mayor producción de materia seca y energía del maíz resulta un 25% más barata que el de hierba. Sin embargo, la energía que SI;! requiere invertir lo encarece, debido a la necesidad de realizar siembras anuales, laboreo, fertilización, tratamientos para su mantenimiento, recolección, etc.

Estos datos reflejan la necesidad de producir más hierba de calidad al menor coste energético. En este sentido, las leguminosas, principalmente tréboles, contribuyen a incrementar el contenido energético produciendo más leche. Sin embargo, cuando la gramínea es el componente mayoritario, la dependencia de nitrógeno es elevada para producir hierba en cantidad y calidad. Por el contrario, la utilización masiva de concentrados contribuye a disminuir la eficacia del sistema energético, viéndose aumentado el coste por MJ de EM.

Proteína bruta

La Tabla 7 señala la producción de proteína bruta neta de la pradera en kg/ha, sin considerar las pérdidas originadas por los procesos de fermentación del ensilado y efluentes.

Los valores medios anuales en oferta y utilizados fueron 2.099 y 1.873 kg/ha respectivamente. Estos resultados son superiores a los encontrados por Maestre (1992) en praderas aprovechadas por vacas lecheras en pastoreo rotacional en el País Vasco. Holmes (1968) aplicando 150 y 300 kg de N/ha obtiene 1.466 y 2.133 kg de proteína bruta/hectárea, producciones semejantes a las obtenidas en nuestra experiencia con 202 kg de N/ha.

Materia orgánica digestible

Según Osoro (1990), uno de los parámetros a utilizar en producción vegetal es la de materia orgánica digestible o bien materia seca digestible por hectárea, para después expresar este parámetro en rendimiento animal, puesto que existe una relación lineal entre ambos. Podemos producir mucha hierba, pero, si ésta es poco digestible, se necesita suplementar con otros alimentos más nutritivos para producir leche, no consiguiéndose los objetivos de intensificar la producción de la pradera.

En muchas ocasiones hemos preguntado a ganaderos de la zona si para ellos es importante el valor nutritivo de la hierba; la respuesta es tajante: “sí, principalmente en primavera”. Es por tanto deseable conseguir una alta digestibilidad, a la vez que un nivel alto de nutrientes por uni­dad de superficie.

Bibliografía

A disposición de los lectores.

Publicado en la revista Cría y Salud 

Por Gregorio Salcedo Díaz. Profesor de nutrición animal